Fuentes web
Entradas
Comentarios

Mi mujer me abandonó aquella mañana luego de descubrir que tenía una amante, y esta, al enterarse de que los impedimentos para que estuviésemos juntos habían desaparecido, se largó con el lechero.

Decepcionado, decidí suicidarme. Antes, sin embargo, para conseguir un poco de valor, me embriagué en un bar de mala muerte. Apenas podía mantenerme en pie cuando me sacaron y mientras caminaba hacia mi casa dando tumbos, un sujeto extraño se acercó. Iba casi desnudo, llevando encima solo una capa, una bacinica – ¡que usaba sobre la cabeza! –  y un par de sandalias con alas.

— ¡Mortal, debes venir conmigo! – me dijo –. Zeus te ha elegido para que sirvas de jurado en el concurso de las diosas.

— ¿Qué carajo es un Zeus?

— ¡Estúpido mortal, cállate y ven!

Enseguida, me tomó del brazo y, como por arte de magia, nos transportamos a un palacio erigido sobre una montaña.

— ¿Y bien? – dijo un anciano barbudo.

— ¡Aquí está, pero no creo que…!

— ¡No he pedido tu opinión, Hermes! ¡Llamen a las diosas!

Aparecieron tres mujeres supremamente hermosas, aunque muy raras – una de ellas incluso llevaba casco, escudo y una lanza –.

— Mortal – dijo esta –, te ofrezco sabiduría y la capacidad de vencer a cualquier adversario en combate.

— Yo – intervino la segunda – te prometo poder, y Asia entera para que la gobiernes.

— Y yo – exclamó la última con una sonrisa – solamente te ofrezco amor, el amor de la mujer más hermosa.

Estaba ebrio aún, sin embargo, comprendí que la situación era muy seria. Dirigiéndome a la última que habló, pregunté:

— ¿Es posible que sea más de una mujer y que yo escoja a las que quiera?

Ella se puso a reflexionar unos instantes y finalmente accedió.

— ¿Lo jura por lo más sagrado que existe?

— Por el río Estigia, ningún dios se atrevería a romper semejante juramento.

— Bien, entonces esta señora es la ganadora.

Ella se puso a dar brincos, al tiempo que sus contrincantes me contemplaban enfurecidas.

— Ahora quiero mi premio.

— Sí, sí, ¿cuántas y cuáles mujeres son las que te interesan?

— No es nada difícil, son tres… o sea, ¡ustedes!

Los presentes me miraron primero con sorpresa y después con una sonrisa sardónica – menos las aludidas y el anciano fornido que me había invitado, quien enrojeció de cólera y se puso a gritar improperios contra todo el mundo –.

— ¡Primero, el imbécil de Paris, y, ahora, este degenerado…! ¡Malditos humanos, merecen desaparecer, son repugnantes!

Desde entonces, lluvias de rayos han exterminado a casi toda la población terrestre… Algunos creen que es mi culpa, pero yo siempre digo que no tienen derecho a juzgarme porque, en mis zapatos, hubieran hecho lo mismo.

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

Una persecución que traspasa el Averno.

Exactamente hace dos años se apareció en mi casa la sombra de Jorge Enrique Adoum, era seguramente muy parecida a la de aquel rey danés que terminó por enloquecer con el fuego de la venganza a su hijo y, con certeza, sus intenciones eran muy parecidas. En pocas palabras, el espíritu del escritor había traspasado el umbral de la muerte con la finalidad de convencerme de que lo ayudara a buscar a cierto sujeto que, a saber, llevaba el título del mejor literato ecuatoriano de todos los tiempos. Su nombre era Marcelo Chiriboga.

Yo, la verdad, tengo que admitir que mi conocimiento de la literatura es más bien escaso y se lo expliqué al fantasmagórico vate, mas, él insistió, convencido de que no era muy necesaria la erudición para la tarea. “El hecho es, me dijo, que desde que los ecuatorianos supimos por primera vez de este individuo, allá por los años ochenta, hubo múltiples tentativas por darle caza, todas infructuosas; yo quiero que, por fin, alguien culmine la tarea”.  No pude discutir más, el carácter dominante de mi interlocutor me subyugó.

La primera pista que tuve consistió en un par de artículos que el mismo Adoum compuso para la revista Diners. En el último – de julio de 1997 – nos dice: “… tuve ya la certeza de que ese compatriota había sido inventado (…) cuando sorpresivamente Ángel F. Rojas escribió (El Comercio, Quito, 29 de agosto de 1995) un artículo en el que preguntaba, y respondía, acerca de Chiriboga: ‘¿Era ficticio o vivía en la realidad? Hace pocos días me encontré, en el Norte, de manos a boca con él. Pude llegar a saber que era nativo de Cuenca y en la más reciente novela del escritor chileno Jorge [sic] Donoso, se le hace morir de cáncer. Se trataba de un personaje imaginario. ¿Algún autor en clave? Hasta entonces lo dudábamos.’”

Supuse que Rojas se refería a José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche, y con la ayuda del Internet, esa fuente inagotable de sabiduría, descubrí que no eran una, sino dos novelas las que se referían directa o indirectamente al autor ecuatoriano.

Por lo demás, las biografías sobre Chiriboga o, peor, sus obras eran imposibles de hallar, casi tanto como la mayoría de las de su apólogo de Chile. Ni siquiera La caja sin secreto, su principal novela, la que lo catapultó al Premio Cervantes, asomaba por los estantes de las librerías de la ciudad de Quito.

Recurrí, entonces, a las fuentes de las que disponía: El jardín de al lado y Donde van a morir los elefantes, los libros de Donoso. La imagen que nos ofrecen es tan disímil. En el primero que data de 1981, el escritor cuencano (sospechoso origen si tenemos en cuenta que su apellido es propio de Riobamba) es un hombre en el pináculo del éxito, que recorre las calles de Barcelona acompañado de su agente literario, la catalana Núria Monclùs. En el segundo, de 1995, el gigante está en decadencia y acude a dar una conferencia en una pequeña universidad del sur de los Estados Unidos, como si este fuera el último braceo de un ahogado.

Pero, ¿cómo era Marcelo Chiriboga? Literariamente, una complicada fusión entre García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, cuya obra, sin embargo, y en palabras de Donoso, “sobresale casi sola en medio de los pretenciosos novelistas latinoamericanos de su generación…”

Físicamente es descrito como: “… pequeño, flaco, tan bien hecho como una de esas figuras creadas por orfebres renacentistas…”, con un ”cuidado cabello entrecano, [que] es tan reconocible como la figura de un galán de cine”.

Su personalidad es apabullante, de discurso vivaz y lenguaje florido. Con la misma facilidad con la que seduce a una jovencita tímida o a una señorona libertina puede charlar y encantar al Papa, a Brigitte Bardot o a Fidel Castro. No es difícil imaginarse que su piel cetrina, su aristocrático comportamiento y su enorme reputación le atraían los favores de cientos de mujeres, que él sabía aprovechar con la prudencia y la modestia que caracteriza a todos los latinoamericanos. Sus convicciones son serias, firmes, cree en el arte, o mejor, en la salvación por el arte, de tal manera que fue capaz de renegar de su filiación comunista porque el partido se empeñaba en imponerle una ética creativa; aunque su volcamiento hacia la derecha y el libre – mercado tampoco le trajo la confianza de una clase burguesa, que veía en este hombre a un traidor peligroso.

Nadie se mantiene eternamente en auge y este cuencano no fue la excepción. Sus últimos días son más bien lamentables, no solo porque es víctima de un cáncer, sino porque moralmente está destruido. El éxito del pasado no es más que un recuerdo vago en la memoria de uno que otro profesor de literatura “antigua”.  Chiriboga que siempre ha creído en esa quimera que es la gloria se hunde en una realidad negra, en la que muy probablemente él, diez años después, no será ni siquiera polvo. Además, el recuerdo de la patria abandonada, de ese Ecuador del que se exilió porque lo rechazaba por sus convicciones políticas, vuelve para atormentarlo como un espectro que le ordena regresar, aunque comprende que aquello es imposible, pues sus lazos con la tierra andina se han esfumado al igual que su gloria y él es más francés que americano.

Al final, el gran escritor muere prácticamente solo y en el olvido, convencido, como nos diría años más tarde Cornejo Menacho en su novela Las segundas criaturas, de que “… su ambición era escribir buenas novelas, y en todo caso recibir reconocimientos por su literatura, y que, si eso era ser burgués de mierda, él no podía hacer nada.” Y que los miembros de los partidos que lo vilipendiaban eran víctimas de una “especie de tenia filosófica o ideológica […] [que penetró] en sus cabezas, incluso en las más brillantes, para matar la literatura, para liquidar la novela, que es la expresión artística más importante y más compleja de todos los tiempos, el mejor instrumento para estudiar el alma humana y para liberarnos”.

A estas alturas yo había descubierto que Chiriboga no era mencionado apenas por Donoso, sino que el mexicano Carlos Fuentes y, más contemporáneamente, el escritor Diego Cornejo Menacho, citado anteriormente, también lo hacían aparecer en sus novelas.

En el caso del escritor azteca, la figura del azuayo adquiere un matiz mordaz, hasta sardónico, de hecho en Diana o la cazadora solitaria (1994) no es más que una referencia de pasada en uno de los capítulos culminantes, donde el narrador nos cuenta que pretendía interceder por el ecuatoriano ante su agente para intentar impulsar su carrera artística, la cual se desperdicia en un sillón para funcionarios de segundo orden en el Ministerio de Relaciones en Quito; y en Cristobal Nonato se nos dice que “… fue expulsado [de México] por decreto presidencial” luego de que “suramericanizó [sic] velozmente predios enteros de la todavía entonces ciudad de México”.

Cornejo Menacho, finalmente, nos regala detalles de la vida de Chiriboga que se les escaparon tanto a Donoso como a Fuentes. Descubrimos, por ejemplo, sus inicios, las razones de su deserción del Partido Comunista y cómo esto fue el detonante para que buscara salir del país con la ayuda de Benjamín Carrión, quien, por aquellos días, asumía su embajada en México.

 

La verdad sale a la luz.

Creía que mi labor como detective estaba llegando a su fin, cuando un nuevo material hizo que mis suposiciones dieran un giro de tuerca.

Adoum reapareció, sugiriéndome que leyera una entrevista realizada para El Comercio en el año 2001 a Carlos Fuentes. En ella, él declara con todo desparpajo que Chiriboga fue una creación suya y de Donoso para sacar a la literatura ecuatoriana de su anonimato dentro del boom. En pocas palabras, se trataba de un favor, una concesión hacia los marginados.

Al principio, me sentí irritado, pero después me percaté de que había empezado a trabajar instigado por un muerto, y que conversaba periódicamente con él, por lo que no era nada excepcional que el exitoso escritor ecuatoriano no fuera otra cosa que un esperpento de ficción y yo un obtuso con un pie en el manicomio.

Cuando conseguí tranquilizarme nuevamente, me puse a analizar la situación con frialdad, preguntándome si realmente debíamos enfurecernos los ecuatorianos por esta burla o, por otro lado, reírnos con ese humor que Pablo Palacio nos recomendaba tener en alguna de sus novelas.

Las voces son diversas. El propio Adoum se sintió más o menos ofendido y otros han expresado que nadie tiene el derecho de hablar así de la literatura ecuatoriana. Yo creo, sin embargo, que el problema va por otro lado: ¿es Chiriboga meramente una caricatura de la literatura nacional?

No, se trata más bien de un icono burdo de todo el boom y sobre todo de aquellos escritores que gracias a él alcanzaron el éxito, pero que nunca lograron sentirse satisfechos, pues sus convicciones ideológicas chocaban con el nivel de vida que habían alcanzado y con los ideales artísticos en los que creían.

No haber tenido algún genio descollante que representara al Ecuador en esta generación, quizá hizo que nuestra literatura se perdiera en el olvido y que solamente algunos nombres como el de Icaza fueran mencionados en los círculos intelectuales. Por otro lado, tiene una ventaja, nosotros nos escapamos de ese lamentable escollo en el que se hunde todo aquel que sigue cierto canon: la falta de originalidad, de individualidad, que casi siempre termina por asesinar a la imaginación.

Pero ¿cómo debe enfrentarse esta disyuntiva, de la que Chiriboga es el arquetipo, es decir, la del literato como artista o como agitador político? La verdad es que cualquier creación humana – la ciencia, el arte – no se puede librar de las opiniones, de las ideas de su creador, al fin y al cabo, este se funde a sí mismo para con esa materia resultante hacer algo nuevo. Él es su obra.

Aunque tampoco esto quiere decir que la literatura, la pintura, el cine son simples mecanismos de propaganda, panfletos desagradables cuya finalidad es el adoctrinamiento.

 Donoso pareció comprenderlo, aunque la ancianidad y la cercanía de la muerte también lo empujaron a preguntarse hasta qué punto esa obsesión por la obra de arte perfecta, la belleza o la gloria literaria no es tan fútil como casi cualquier otra empresa humana. Él predijo que diez años después de su muerte nadie lo recordaría y es triste constatar que, ahora, muy pocos de sus libros aparecen en las existencias de las librerías. En cambio, ese monigote de Marcelo Chiriboga, como si de una broma macabra se tratara, sale de las sombras para escribir en la contraportada de una recopilación póstuma de cuentos de su propio creador (Nueve novelas breves, publicadas por Alfaguara en 1997), y, por allí, en el mundo de la cibernética, circula el frontispicio de una nueva novela llamada La caja secreta, continuación de La caja sin secreto, al parecer perdida en un baúl y rescatada del olvido por la esposa del inexistente escritor cuencano.

No puedo evitar pensar en Adoum y en Ángel Felicísimo Rojas que desde el más allá nos deben mirar sonriendo burlonamente porque un espectro literario ha cobrado vida, imponiéndose a su padre y logrando que, una vez más, la realidad imite a la ficción, como escribió hace tiempo Oscar Wilde.

SEGUNDO MICRORELATO MACABRO.

Sí, tu amigo, el escultor Lucas Hernández, había asesinado a una modelo para que su rostro reflejara el verdadero color de la muerte. Luego, al culminar el clímax creativo, conciente, ¡por fin!, de su crimen, se suicidó.

Para ti descubrir la verdad no fue difícil. Varias veces charlaron, medio borrachos, sobre un hipotético pacto con el diablo, en el que este les permitía crear la obra de arte más sublime a cambio de una vida. Él te dijo que era capaz de eso y de cualquier otra cosa peor.

Sin embargo, ahora estaba muerto, y frente a ti estaba una escultura bellísima, única y quizás postrera oportunidad para que pudieras salir del anonimato, de la pobreza.

Antes de que los policías descubrieran el cuerpo, sacaste la estatua para esconderla en tu casa y cuando las cosas se hubieron calmado, revelaste “tu” obra maestra, convirtiéndote casi enseguida en el artista de moda.

Eras feliz y nosotras te deseábamos, queríamos tu cuerpo, tu cama… Pero, nada es eterno y el precio de lo gratuito es el más difícil de pagar. Ahora sí entiendas, ¿verdad?

La noche fatal llovía con fuerza, tú bebías coñac sentado en el sofá de la sala de tu casa. De pronto, un ruido proveniente del ático… ¡ejem!, perdón… del taller, hizo que te pusieras en pie, asustado por la posibilidad de que algún sucio ladrón quisiera sacarte del mundo perfecto que habías creado. Mas, no se trataba de un delincuente sino de un fantasma y no cualquiera: la modelo muerta a la que debías tu fama había decidido hacerte una visita.

— He oído que eres todo un macho – dijo –, un amante único, casi tan genial en la cama como en la escultura y por eso quiero que vengas conmigo a pasar el verano en Tonchigüe.

— ¡No, ni siquiera sé dónde es eso!

A ella no le importó y, tras hacer que estallaran dos focos de cincuenta vatios, te llevó al inframundo.

Nadie te ha vuelto a ver y solo nosotras sabemos dónde estás. Tal vez algún día nos decidamos a sacarte de allí, hasta entonces practica tus habilidades como escultor y como amante, pues nada en el mundo es gratis y tú tendrás que pagar…

PRIMER MICROCUENTO MACABRO

Hicimos una apuesta: si los matabas, dejaría que vivieras.

Sí, recuerdo claramente la cara de terror que pusiste cuando dije que ésa sería tu última noche. Primero te burlaste; «¿quién eres, imbécil». «Soy la Muerte», respondí, haciendo esa voz cavernosa que les produce tanto miedo a los ebrios que, a altas horas de la noche, pasan cerca del cementerio.

Claro, creíste que estaba loco, pero como prueba saqué mi guadaña, al tiempo que exclamaba «¿qué, piensas que esto es una guitarra?» Es en ese momento cuando el pánico se apoderó de tu cuerpo flaco de neonazi con problemas de autoestima.

«¡Pero yo no quiero morir, la próxima semana tengo un torneo de videojuegos en Kabul!», gritaste, y yo, que estaba soportando con estoicismo la tortura de la gastritis, quise darte una oportunidad.

«El estómago me va a matar y sólo la comida me calma, tráeme algunos cuerpos para devorar y te dejo en paz.»

Pensé que te ibas a acobardar, pero no. Al día siguiente, armado de un rifle, disparaste y disparaste como si fuera uno de tus ridículos juegos de video, y yo, desde las sombras, sonreía hambrienta, insatisfecha.

Esa noche, Mrs. Robinson salió de una fiesta completamente ebria. Su amante, el mejor amigo de su hijo recién graduado, la había abandonado para estudiar proctología en una universidad de Namibia.

Tambaleante, caminaba por las calles desiertas, mientras el viento helado ululaba como en una película de terror. Ladrones, oscuridad, frío, nada era importante; estaba completamente ensimismada, pensando en el amor perdido y en una canción cursi que había escuchado en la fiesta. De repente, se detuvo en una esquina y se puso a mirar el cielo despejado: la luna brillaba con una intensidad especial.

“¡Qué hermosa!”, se dijo mientras su corazón latía con fuerza.

En ese instante, tuvo pánico y echó a correr hasta su casa, sin mirar ni una sola vez más aquel satélite que le coqueteaba con lujuria.

Transcurrieron varias noches antes de que se atreviera a salir, el miedo a aceptar que amaba de nuevo la obligaba a quedarse en su casa con las cortinas cerradas, pero con la tentación latente. Ni el alcohol ni los amigos funcionaban como antídotos para un amor que Mrs. Robinson consideraba aberrante e irresistible.

Su rutina se trastornó. Las noches velaba y los días dormía; dejaron de importarle su hijo y el antiguo amante; comía poco y ya no bebía.

Finalmente, dos semanas después, la mujer no pudo soportar más y salió al jardín de su casa. La luna parecía haberse embellecido para ese encuentro con su amada, estaba más amarilla y sus cráteres, como ojos, le coqueteaban.

— ¡Te quiero, te quiero, te quiero! – dijo Mrs. Robinson.

El satélite no respondió, limitándose a sonreír. Entonces, la mujer se puso a correr desesperadamente hacia el norte, tratando de alcanzarlo, mas, este siempre terminaba por escaparse.

Mrs. Robinson, varias horas después, se detuvo exhausta junto a un río correntoso, muy lejos de su ciudad natal. Se sentó sobre una roca de la orilla para contemplar el reflejo de la luna en el agua.

— ¡Ya entiendo! – dijo, de pronto, señalando la corriente turbia –, no puedo alcanzarte porque estás escondida allí, debajo.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó al río con la intención de atrapar a su gran amor, pero no tuvo tiempo, el torrente la arrastró y ningún esfuerzo suyo fue suficiente para impedir que se ahogara.

Nunca encontraron el cuerpo de Mrs. Robinson y la verdad es que nadie se esforzó demasiado en buscarlo, ni su hijo. Apenas un periódico puso una reseña de cuatro líneas en una de las páginas menos leídas, se titulaba: “Alcohólica muere por tomar agua de río”.

Zorrita

Cuando me enamoré – con ese primer amor siempre torpe e insubstancial –, ella era una hermosa pelirroja, sus caderas invitaban a soñar, a pensar en todo menos en la misa del domingo.

Yo hacía lo posible para llamar su atención, casi mendigaba por una palabra amable, una sonrisa, lo que fuera… pero Juliana me ignoraba, como ignoraba a todos los que babeamos por sus senos.

Por mi hermana, que era compañera suya en el colegio, supe que la pelirroja se había prometido a sí misma despreciar a los hombres, al sexo, a la carne, convirtiéndose en una suerte de Artemisa de país latinoamericano atrasado. Esta noticia me hizo aborrecer a las monjas del colegio, directas responsables según mis deducciones, de ese atentado contra la naturaleza.

Mi deseo frustrado me impulsó a perseguir a Juliana, aunque sólo fuera para sentirme cerca de ella y seguir amando su silencio. A media tarde, yo, corriendo, iba en su búsqueda y la perseguía desde el colegio de esas malditas monjas hasta su casa, unas diez cuadras al norte. Ese mes de noviembre transcurrió con rapidez.

Cierto día, sin embargo, noté que Juliana estaba diferente: sus labios, ligeramente plegados en una mueca, expresaban fastidio y quizá hasta asco. Además, no se dirigió, como de costumbre, del colegio a su casa, sino que, desviándose, fue a parar en una banquita en el centro de un parque poco concurrido.

La miré protegido por la silueta de un pino, sin atreverme a decir nada hasta que Juliana pegó un alarido, desmayándose, enseguida, sobre el césped mal cortado. Acudí a socorrerla, pero mis métodos de rehabilitación eran tan ridículos como mis tentativas románticas.

— ¿Qué haces aquí? – fueron las palabras de agradecimiento de mi “damisela en apuros”.

— Estaba… estaba jugando fútbol y te vi caída…

— ¿Y la pelota?

— ¿Qué pelota? ¡Ah! La de fútbol… la de fútbol…

— No importa; estoy bien, ¡déjame tranquila! – me levanté para irme, pero sentí que su mano, repentinamente, se aferraba a la mía –. ¡Espera! Tengo un horrible problema y no sé qué hacer, tal vez tú puedas ayudarme.

Asentí titubeando.

— Desde esta mañana – continuó Juliana – algo raro me está pasando, creo que es en mi cabeza o tal vez en mis ojos, no estoy segura… Lo que pasa es que veo… veo sexo en todos lados…

— ¿Qué? – mis ojos se abrieron como dos platos de sopa.

— Sí; cuando me levanté, me pereció ver que detrás de la cortina de la ducha una pareja fornicaba con violencia; en el desayuno, que mi hermano mayor se masturbaba; en el baño del colegio, que dos niñas tenían sexo oral… en la clase, en la comida, en los libros, aquí, en todo lugar … ¡Sexo, sexo, sexo…! ¡Ya no puedo soportarlo!

Una parte de mí quería aprovecharse, sin embargo, mi torpeza y mi cobardía me superaron, haciendo que no fuera capaz de formular ni siquiera una frase coherente. Por otra parte, mientras intentaba reaccionar, ella ya se había olvidado de mí y sus ojos vidriosos miraban a su alrededor con ansiedad, perdidos en quién sabe qué pensamientos.

Esa noche, regresé a casa y no pude dormir. No pensaba en sexo, más bien me sentía avergonzado de mi incapacidad de reaccionar como el caballero que había jurado ser para Juliana. Desde entonces, no volví a perseguirla.

Dos semanas después, mi hermana contó mientras cenábamos que mi “damisela en apuros” había adquirido una enfermedad extraña y que era tan grave que sus padres optaron por internarla en un hospital para desahuciados.

— ¿Qué tiene? – dije, simulando indiferencia.

— Nadie sabe cómo se llama la enfermedad, pero durante los primeros síntomas empezó a salirle una cola con pelos anaranjados, luego un hocico y garras. Esta mañana la vimos y era una zorra completa, no quedaba nada de la niña de la que te enamoraste como pendejo, hermanito; aunque seguía siendo un animalito encantador…

Nunca me atreví a visitarla. Mi amor por ella duró un par de meses más hasta que viajé a Paris; allí, la literatura y mi trabajo como secretario de don Marcelo Chiriboga me absorbieron por completo, convirtiendo a Juliana en un espejismo del que sólo supe, por la carta de un amigo, que vivía felizmente en un refugio para animales salvajes en las afueras de Quito.

Una hechicera le había maldecido por rehusarse a hacer el amor con ella, convirtiéndolo en un sapo baboso y verde; la suerte quiso, sin embargo, que una princesa con estrabismo le diera un beso, rompiendo para siempre el encantamiento. Lo que no esperaba la joven es que el príncipe Juan, en vez de entregarle, agradecido, su corazón, la abandonaría sin contemplaciones para buscar un hogar menos aburrido que el País del Nunca Jamás.

Viajó durante años, recorriendo lugares extraordinarios y enfrentándose con innumerables peligros, mas, nada le satisfizo hasta que llegó a Quito, una ciudad tan gris como el príncipe Juan; enseguida, la adoptó como su nueva patria, al tiempo que se declaraba su monarca. El pueblo, tan revolucionario y culto, quedó encantado con la idea, aclamándolo como su gran líder.

El nuevo principado fue víctima de un sinnúmero de reformas: los quiteños debían andar desnudos a la madrugada, la ropa interior no se usaría, nunca más, bajo los pantalones sino sobre la cabeza, los perros estaban obligados a sacar a pasear a sus dueños, al menos, dos veces al día, etc.

De todas maneras, no fueron los edictos reales, sino el desmedido culto a la personalidad del príncipe lo que lo hizo famoso. Todos los días, sin excluir feriados o días de la madre, el monarca hablaba durante tres horas para beneplácito de sus súbditos, quienes le escuchaban embebidos y sin comprender una sola palabra; los monumentos y las plazas se empapelaron con gigantografías en las que el hermoso rostro del monarca sonreía para solaz de los transeúntes y, finalmente, cada domingo, Dies Domini (¡!), se transmitía un programa especial en todas las emisoras de radio y televisión, en el que se insultaba – justamente, claro – a cualquier audaz que se hubiera atrevido a poner en duda los sabios designios del líder del Principado de Quitolandia.

Por lo demás, el príncipe Juan llegó a convertirse en un gobernante tan famoso que, a pesar de su gris tono de piel y carácter,  siempre le invitaban a importante reuniones oficiales, donde recibía títulos, nombramientos, medallas y cualquier otra cosa inventada por la diplomacia mundial para halagar los egos más obtusos.

Cierto día, el monarca de Quitolandia asistía a un almuerzo oficial con el presidente Barack Obama y Muda Hassanal Bolkiak, Sultán de Brunei, cuando una mujer horrible penetró en el salón gritando:

— ¡Te salvaste de mi hechizo una vez, pero no volverá a suceder!

— ¡Bruja! ¿Qué diablos haces en mi palacio? – dijo el príncipe Juan, soltando su hamburguesa.

— ¡Vengarme! – la mujer hizo un gesto extraño con la mano izquierda y murmuró algo ininteligible.

Enseguida, el palacio, la comida, Obama, el Sultán y el mundo entero empezó a tornarse gris, al mismo tiempo que un ola de alegría y felicidad inundaba el corazón del príncipe Juan.

— ¡Soy feliz! ¡Por primera vez en mi vida soy feliz!

— Sí, ése es tu castigo por rechazarme: te he convertido en un príncipe azul, lleno de felicidad, dulzura y amor, pero todo lo que te rodea será negro y amargado, y nunca más encontrarás la alegría…

La maldición se cumplió y mientras todos los humanos vivimos en un mundo negro, el príncipe Juan, convertido en un mendigo idiota, vaga por el mundo buscando una princesa y un reino donde pueda vivir feliz para siempre.

Hoy me sentí

Escultura de Thorwaldsen

Hoy me sentí como un infierno congelado en

                                                                                bondad,

                                                                  dulzura,

                                                      amor,

                                       justicia.

                                                                    Hoy me sentí como una calumnia entre

                                                     sordos,

                                        ciegos,

                           mudos,

           muertos.

                                  Hoy entendí que no hay peor enfermedad

                                                           que la vida

                                                                   o

                                                         mayor agonía

                                                        que la felicidad. 

Hoy me sentí como aquel león                                    Hoy me sentí como un poema

que con ácido                                                                                 que nunca fue

lame sus heridas.                                                                                       escrito.

                                                               Puntos.

                                                               Puntos.

                                                               Puntos.

                                         Nada más hay que no sean puntos.

                                                                Punto.

Sin cara

"Eyes wide shut"

Acudió a la fiesta más por obligación que por placer; sus compañeros de trabajo no le caían bien, de hecho, los odiaba. “¿Qué otra cosa puedo sentir por gente hipócrita y ambiciosa?”

Golpeó la puerta y un mayordomo obeso y con cara de bulldog abrió.

— Su entrada, por favor… – dijo con voz cavernosa.

La joven extrajo un sobre de su cartera, entregándoselo con una sonrisa forzada.

— Gracias… pase…

Dentro,  el ambiente era opresivo, casi irrespirable. Los invitados, cuya única vestimenta eran unas máscaras extrañas, bailaban monótonamente, como si alguien les hubiese obligado a hacerlo.

— ¡Clara! ¡Clara! ¡Aquí! – era su única amiga, la secretaria favorita del ministro.

— ¿Por qué estás desnuda? Nadie me avisó que iba a ser una esas fiestas… ¿Y esa careta horrible…?

— ¡Ja, ja, ja!, ¿qué bobadas dices? ¿No te has percatado de que siempre llevamos máscara?

— Estoy hablando enserio, Ana…

— Yo también y, pronto, tú llevarás una.

— ¡Hoy, estás insoportable!

— ¡Ay, Clara! ¿Por qué eres tan mojigata? Nos miras con desprecio y la verdad es que estás hecha de la misma madera que todos.

— ¡Basta! ¡No quiero oír otra palabra tuya!

— Entonces, ¿no te gusta mi traje? ¿Qué tal me veo sin él?

En ese instante, Ana se quitó su máscara, dejando al descubierto el óvalo de su rostro, pero sin ojos, nariz o cualquiera de los rasgos que Clara había visto durante meses. Aquella mujer no tenía cara.

— No te sorprendas – dijo un hombre regordete que se había acercado a ellas  –, todos somos iguales y gracias a estas máscaras podemos hablar; es que sin boca es un poco difícil, ¿sabes?

Uno a uno, los invitados removieron sus caretas, revelando su rostro vacío, inexpresivo, espantosamente limpio, y se pusieron a rodear a Clara.

La muchacha, abriéndose paso con codazos y puntapiés, logró salir de la mansión, echando, luego, a correr lo más rápido que le permitían sus piernas. Transcurridos unos diez minutos, se detuvo y respiró profundamente, al tiempo que contemplaba la luna llena.

— Hermosa… – murmuró.

De pronto, un trueno retumbó a lo lejos y una nube negra cubrió al satélite como si se tratara de una máscara.

— ¡Dios mío!

Abatida, entró en su casa y fue al baño para lavarse la cara, pero apenas le hubieron tocado las primeras gotas de agua, todas sus facciones se fueron despegando del óvalo de su cráneo para, enseguida, escurrirse por la cañería haciendo “¡ZUICK!”.

La muchacha hubiera querido gritar, pedir ayuda o, por lo menos, lamentarse, mas, al faltarle la boca, solo le quedó el ahogo del silencio.

Entradas antiguas »

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.